No hay nada que el tiempo no cure. Al menos eso he aprendido yo a lo largo de mi vida. Me decepciono de la gente, sufro y sigo adelante. Ya sufrí y estoy siguiendo adelante porque mi mente y mis sentimientos me gritan que lo hagan. No me detengo y tampoco quiero detenerme. Me gusta pasar a otra etapa mientras borro una mala. Se siente bien, sin mentirme a mí misma, hoy se siente muy bien.
Es que a pesar de estar enamorada del recuerdo, uno siempre se queda con lo peor al final de las cosas. Digo, las cosas malas y feas se destacan más que las buenas. A lo mejor las buenas volverán a ser recordadas como tales con el paso del tiempo, pero ahora no. ¿Y qué hago frente a los malos recuerdos? Volverse mártir por ellos y cortavena es algo que dejé de hacer hace mucho tiempo. La mejor receta para espantar el dolor es rodearse de cosas tan bacanes como sencillas: una buena serie en la tele, una conversación con alguien de extrema confianza e infinito amor, asomarse por las noches en la ventana y quedarte pegada observando el paisaje que siempre soñaste en ver. Hoy lo tengo casi todo.
Y como lo tengo casi todo me considero afortunada por ello. Atrás quedaron los días de angustia y malhumor. Hoy comencé otra etapa y es mortal por el sólo hecho de que después de ver lo que una quiere ver, se vuelve a la realidad y la decepción a veces es genial y fatal al mismo tiempo, pero precisa y oportuna para cuando se necesitan abrir los ojos de una vez por todas.
Volví a mi viejo optimismo. No lo quiero volver a perder.
(Tema dedicado a Gonzalo. Seguramente te acuerdas de ese día en tu pieza en el 2005)